jueves, 14 de abril de 2016

¿Qué es España?

Llevo años haciéndome esta pregunta y nunca he llegado a un sentido de España como unidad. Las diferencias regionales, no políticas, sino de idiosincrasia, son grandes. Y supongo que también existe una idiosincrasia común de los españoles, pero ¿no estaría compuesta por los diferentes rasgos? Por un lado, los ya citados, por otro, los que son consecuencia de la historia, pues hemos de tener en cuenta que en el territorio que llamamos España han vivido muchas culturas, sin hablar del intercambio que ha habido con otras durante la época imperialista. Para algunos, eso sería España: el imperio del pasado, pero yo no encuentro nada natural, esencial en esta idea.

Hablábamos entonces de la existencia de una idiosincrasia española, sin embargo, dudo que sea suficiente para dar una definición completa de España. La idiosincrasia, pues, sería tan solo uno de los aspectos de la idea de España.

Parece que todas esas personas que se emocionan cuando la selección de fútbol gana un Mundial, que cuelgan esas banderas en el balcón, parecen tener muy claro lo que es España, así como quienes se ofenden ante la pretendida independencia de Cataluña. Pero, de nuevo, sigue sin convencerme, porque no veo nada real en esto.

Sabemos algunas cosas sobre lo que no es España: no es su lengua, ya que castellano, catalán y gallego (el valenciano solo puede ser considerado lengua desde el punto de vista político, pero no lingüístico), así como las variedades romances (astur-leonesa, navarro-aragonesa...), se desarrollaron al mismo tiempo, y el euskera estaba antes del nacimiento de las lenguas romances. Tampoco existe algo así como una raza española. Entonces, ¿qué es España? ¿Sus constumbres? Esto nos acercaría de nuevo al aspecto idionsincrático.

Pensaba que al introducirme en el siglo XVIII lograría entenderlo, pero ha sido el XIX (¿padre filosófico del XX?) el que me ha dado la respuesta.

En el siglo XVIII comenzó a haber una especie de exaltación identitaria (sin llegar al nacionalismo aún), que era en realidad una manera de diferenciarse de nuestros vecinos franceses. Después, en el XIX, con París como la gran ciudad europea, España se divide aún más entre los casticistas y los profranceses. Y llega esta división a tal extremo que. unida a otros desencadenantes, tienen lugar varias guerras.

Una vez puesta en juego la violencia, parece que esta solo puede ir a más, y así, en el siglo XX nos encontramos con una guerra aún más sangrienta y cruel; una guerra alimentada por la irracionalidad, como es encarcelar y fusilar a alguien por tener determinadas ideas, por ser sacerdote, por negarse a matar...

Fue entonces cuando, leyendo a escritores decimonónicos como Larra y a los posteriores de la Generación del 98, lo comprendí. Comprendí que España es un gritp ahogado por el ruido de disparos, es un poema leído en mitad del desierto, un pensamiento aniquilado. Y lo peor de todo es que esto ha cambiado en la forma, pero no en el fondo. Los políticos, sádicos sedientos de sangre mental (pues esto les importa más que el dinero), no hacen otra cosa más que promover campañas de odio al otro(financiadas algunas por el bolsillo de todos los españoles). Los que dicen que apuestan por el cambio, los llamados progresistas, solo progresan en su carrera hacia la dictadura ideológica, donde por decisiones personales en las que el Estado no debería intervenir, las personas son tachadas de fascistas, y por lo tanto de enemigos que deben desaparecer. Y así sigue España, llorando, temiendo por nuevos ríos de sangre.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La sumisión

Podría afirmar que los últimos diez años han sido de continua transformación, persiguiendo conscientemente un yo más puro y arrastrando en esta andadura mi imperfección, cadenas que toda la vida llevaremos, tal vez para perfeccionar la imprescindible virtud de la humildad en nosotros. Ese peso en nuestros pies nos saca de las ensoñaciones que nos llevaron a aquel pecado original: creer que podíamos ser semejantes a Dios, esto es, perfectos, omnipotentes, superiores. En realidad estábamos en una situación privilegiada. Si nos basamos en la historia del Génesis, vemos que Dios nos dio dominio sobre la tierra y sobre los animales, y aun así, en la época del Paraíso, no se usaba a estos últimos ni como alimento (Gén. 1:29), ni como abrigo, pues no era necesario. El dominio que hombre y mujer –como representantes de toda la humanidad- tenían sobre la creación, era más una responsabilidad protectora que el consumo desmesurado que vemos en nuestros días.

Ya sabemos cómo se extinguió esta situación de paz y bienestar para todos los seres vivos. Desde entonces, nuestro mayor anhelo es volver a esa utopía, pues estamos cansados de ver tanta sangre derramada; pero es que la violencia no está solo en París, en Líbano, en Kenia, en Siria... Nosotros mismos, en nuestra vida cotidiana, discutimos con nuestros congéneres, herimos y somos heridos con nuestras palabras y actitudes. Tal vez no llegamos al extremo de empuñar un arma, pero el veneno está latente en nuestro interior, al igual que la lava reposa dentro del volcán. Ahora bien, ¿podemos evitar la erupción? Este es el tema que quiero tratar hoy.

Después de mis reflexiones, he llegado a la conclusión de que siempre, queramos o no, estamos sometidos y de que es imposible lo contrario. Nos fascina la libertad y la rebeldía, soñamos con romper cadenas y volar, pero muchas veces en lugar de lograr esto último, nos quitamos unas cadenas y nos ponemos otras.

Comenzaré hablando de la sumisión a otras personas. Este es uno de los dos tipos de sumisión –después mencionaré el otro- que más perjudiciales me resultan. Es para mí la sumisión por sí misma, y las personas que adoptan esta actitud la ven como una virtud. Un ejemplo de ello sería una situación en la que un creyente de una fe determinada, decide someterse a un líder y tanto tomar como válidas todas sus palabras, como obedecer todos los mandatos. Se considera que esa persona tiene la verdad debido a su liderazgo. Un ejemplo similar sería el de algunos (digo algunos, porque no considero correcto generalizar) seguidores de un determinado partido político, para quienes los dictámenes de sus líderes son indiscutibles. Es, como digo, la misma situación en diferentes ámbitos.

Y pienso que en este aspecto, quienes reflexionamos acerca del mundo que nos rodea, tenemos el deber de usar esta poderosa arma que es la palabra para esclarecer esta oscura creencia de que someterse a otros es virtud, teniendo en cuenta que las consignas y eslóganes, tan habituales en la actualidad, especialmente en los medios virtuales, son un ataque a la libertad individual y no se les puede incluir en el mencionado don del arte de la palabra, ya que aquí solo cabe la reflexión relajada y el desarrollo de ideas, intentando llegar hasta sus raíces.

¿Se puede, pues, seguir una determinada fe sin someterse a otros? No solo se puede, sino que es la única manera de vivir una verdadera espiritualidad. Quiero dedicar otro espacio a hablar sobre la doble naturaleza del ser humano, entonces aquí solo la mencionaré sin entrar a explicarla. Es mi experiencia la que me ha llevado a vernos a los seres humanos, a mí misma, de esta manera, aunque cada persona tendrá su propia idea de cómo, qué somos, pues estamos condenados a ver el mundo a través de nuestros propios ojos y a interpretar la realidad a través de nuestros propios procesos mentales, aunque esto no es excusa para evitar conocer las perspectivas ajenas.

Desde mi óptica, que coincide con la descrita por San Pablo en sus epístolas, acerca de nuestra naturaleza, la sumisión se vuelve imprescindible, pero aquí ya hablo del tercer tipo de sumisión. Los que tenemos hijos comprendemos que el desarrollo desde los primeros días de vida hasta los años posteriores, es, y volvemos a lo mismo, un cambio de perspectiva, en el cual el niño pequeño va dejando de ser el centro del mundo para pasar a comprender que los demás también tienen necesidades, gustos, etc.

Por otra parte, el crecimiento es el aprendizaje de la negación, en la cual el niño va adquiriendo autonomía, entonces pasa a convertirse en autonegación. Estamos hablando de los instintos, lo que Pablo llama la carne o el hombre exterior (2ª Corintios 4:16). Solo tenemos que observar a niños que no han recibido una educación adecuada para comprobar los estragos que puede causar la libre expresión de los instintos. Cuando somos niños, no queremos ocuparnos de nuestra higiene, no queremos tener responsabilidades, somos avariciosos, no nos preocupa lo más mínimo la salud de nuestro cuerpo, etc. Y esto no es malo. Quiero decir que hemos nacido así y este comportamiento es lo normal. Por eso la tarea de los padres es la de enseñar la negación que ellos en su día también aprendieron. Pero la autonegación no termina al llegar a la edad adulta, sino que toda nuestra vida tendremos que poner límites. Los ponemos cuando deseamos herir verbalmente a alguien, cuando hemos pasado mala noche y deseamos quedarnos en la cama en lugar de ir a trabajar, en definitiva, cuando sabemos que las acciones a las que nos llama nuestra carne (no entendida exclusivamente como lo corporal, idea muy extendida y errónea) pueden perjudicar a alguien. Pues bien, el hecho de ponerse límites es la sumisión necesaria y positiva, la verdadera virtud; es someterse a la propia conciencia.

Y por eso digo que para mí es la única válida, porque ¿cómo podemos comparar, por ejemplo, la actitud de un creyente que hace un bien a alguien porque se somete a un líder o a una idea externa, a la de un creyente que tiene este mismo comportamiento porque decide seguir su propia conciencia?
No estoy haciendo una autoalabanza, pues yo no soy como Jesús, aunque Él sea mi modelo de conducta, y aún, como decía al principio, arrastro pesadas cadenas de imperfección. Aun así, insisto en que me parece más valiosa una buena obra hecha por propia voluntad que tres hechas por obedecer a otros.
Este pensamiento me lleva a estar entre dos mundos: el creyente y el laico. Yo no puedo, como hacen muchos, criticar a los cristianos solo porque existe en algunos (de nuevo, solo algunos), la creencia de que la primera sumisión citada (la sumisión per se) es una virtud, mientras que la última es signo de rebeldía e incluso, quienes rozan el fanatismo, la tacharían de diabólica. Y es esta conciencia la que me impide, por el momento, integrarme en ninguno de los dos mundos. Del primero valoro su amor por el prójimo y su constancia, pero no me gusta la cerrazón (¿fariseísmo?) de la que a veces peca. De la parte reflexiva del mundo laico (por otra parte están las masas no pensantes, que también abundan en el mundo cristiano, por supuesto) me quedo con esa incesante búsqueda de la verdad basada en la experiencia, el afán de objetividad y la capacidad crítica.

Vamos a dejar la reflexión sobre la sumisión aquí. Solo nos resta citar la sumisión perjudicial que dejamos pendiente y, por el momento, quedan esbozadas estas líneas.

Esta sería la sumisión a la que hemos llamado carne o naturaleza instintiva. Cuando no nos sometemos a la conciencia (o, si queremos llamarlo así, al espíritu), inevitablemente nos estamos sometiendo a la carne. Si damos por hecho que ese veneno citado al principio vive en nosotros, entonces toda la vida la pasaremos decidiendo si lo dejamos salir o no. Cuando somos niños, no podemos elegir y son los padres quienes se ocupan de, como dije, poner límites. Como consecuencia, tenemos hábitos de alimentación e higiene, sabemos relacionarnos con los demás, ser amables, corteses y solidarios, desarrollamos la empatía y podemos incluso llegar a darnos por los demás. Pienso que esta es la mayor virtud humana y una responsabilidad inscrita en nuestra naturaleza espiritual. En cambio, la naturaleza carnal busca su propia supervivencia.


Digo, pues, que en cada situación de nuestra vida tendremos que decantarnos por someternos a nuestra conciencia o no hacerlo. Y cuando no lo hacemos, nos estamos sometiendo a nuestra carne. Por eso comentaba al principio que los seres humanos vivimos inevitablemente sometidos, la cuestión importante es a qué decidimos someternos.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Novatadas e integración

Yo pensaba que cuando alguien llega nuevo a un sitio en el que va a permanecer un tiempo, había que acogerle con amabilidad. 
Pensaba que la ética nos llama a ser bondadosos y respetuosos con quienes se enfrentan a una nueva vida, diferente de la anterior.
Pensaba que para que alguien se sienta integrado, los que ya están en ese lugar habían de comportarse de una manera atenta, comprensiva.
Pensaba que la empatía era la clave de una buena convivencia.
Pensaba que, como todo el mundo dice, estamos en el siglo XXI, las cosas han cambiado, vivimos en una sociedad libre.

Pero me había equivocado, porque resulta que para que alguien se integre en un grupo es necesario que el nuevo se sienta humillado y venda su sensibilidad al mejor postor.
Porque la integración ya no consiste en hacer que los nuevos se sientan entre iguales, sino en recalcar su condición de novatos, de grupo separado, inferior.
Porque se ha sustituido la comprensión, el ser escuchados, por el callar los verdaderos sentimientos y ver como algo normal este trato que nada tiene que ver con la libertad y el respeto que nos dicen que hay en los nuevos tiempos.

Algunos de estos jóvenes después se manifiestan en contra de actos crueles como el Toro de la Vega, pero no dudan en tener la misma actitud con otros seres humanos. Si es un toro, pobrecito, pero a un ser humano le puedo tratar como me dé la gana, porque estamos en el siglo XXI. No me malinterpretéis, yo también estoy en contra de la tortura animal.

Aquí tenéis una lista de novatadas habituales según el diario ABC (http://www.abc.es/20120619/local-madrid/abci-topten-novatadas-201206182143.html). Os copio algunas:

  • De rodillas, les meten un embudo en la boca y les echan sangría o vodka a chorros hasta que caen mareados.
  • Usan a los novatos de ceniceros en las habitaciones de los «veteranos» que fuman. Están toda la noche con la mano extendida para recoger la ceniza. A veces, la ceniza se les echa en la boca.
  • Duchas de agua fría, juntos o separados (los novatos), desnudos o vestidos. En ocasiones, se les despierta varias veces por la noche para repetir esta «broma».
Como veis, cosas nada agradables, aunque tengamos que verlas como algo normal.

Y os cuento algo que vi ayer que me estremeció: unos jóvenes iban a gatas con una careta de caballo, a su lado, de pie, los que supongo que serían los veteranos, azuzándolos y a algunos de ellos, azotándoles. 

Los padres se pasan toda la vida cuidándonos, dándonos cariño, protegiéndonos y enseñándonos a respetar, para que cuando pasamos del instituto a una etapa más madura, todo esto se quiebre.

Creo que ya está bien, que ya es hora de recuperar la sensatez y dejar de aceptar este tipo de cosas. Si te has manifestado recientemente contra el Toro de la Vega, no seas hipócrita y manifiéstate contra los tratos vejatorios a seres humanos. 

jueves, 23 de julio de 2015

Mujer, esa perla…

...esa perla que tú eres y que quieren convertir en cenizas. Colibrí que encierran en una jaula para absorber sus colores. Solo te valoran si eres atrevida, si te regalas sin poner ningún tipo de oposición. Tanto placer provocas en ellos, tanto vales. Esa es la medida que usa el mundo para decidir nuestro valor. En las películas y series de televisión, el prototipo de mujer es aquella que se muestra como objeto sexual y que lo da en la primera ocasión. Y a ese personaje irreal se le ve feliz. Es decir, el grado de felicidad consiste en la cantidad de placer sexual que se obtiene, y por supuesto, se asocia la falta de felicidad con la falta de sexo. Una mentira para ocultar la realidad: en la sociedad occidental actual hay más problemas sexuales que nunca; en resumen, ya no podemos disfrutar de la sexualidad (v. 10 causas de la decadencia de la erótica en el presente). Y por otro lado, omiten que el ser humano tiene otras necesidades más allá del sexo y que siempre ha habido personas con una menor (o con ninguna) potencia sexual pero con una enorme riqueza interior, siendo sus experiencias espirituales la causa de su felicidad, como es el caso de los místicos.
Pintura de Antonio Castillo Caparrós

Mujer, te quieren “abierta”, “libre”, pero ¿qué encierran estas palabras? ¿Qué tienes que dar a cambio? Tu juventud y frescura, tu belleza, tu sensibilidad, tus valores…
Huye, preciosa perla, huye de aquellos que piensan que eres egoísta si no les das sexo a la primera, que te acusan de valorarte en exceso. Huye de quienes no creen que haya que conquistar a una mujer. Lo disfrazan de emancipación. Dicen que tu libertad y felicidad consisten en recorrer camas sin quedarte en ninguna de ellas, pero no te muestran el pozo de soledad que hay al final de ese camino.
Y algunos hombres buscan ese prototipo de mujer y lo valoran más que a ti. Tú, que tienes una preciosa sensibilidad, que te pones en el lugar del otro, que te mantienes fiel, que estás dispuesta a entregarte con todo tu ser… tú no vales nada, según ellos.
Y mientras te preguntas por qué ese tipo de hombres son incapaces de amarte, hay otros, también despreciados por “anticuados”, que solo buscan una perla como tú y que serían capaces de luchar por ti, algo que los otros jamás harían.

Huye, pues, de los hombres cobardes. No regales a nadie tu perla. Deja que te conquisten. Y mientras tanto, sé feliz.

martes, 24 de marzo de 2015

Dejadme ser

Deseo montarme en este tren y ver cómo van quedando atrás todos los roles que quieren fagocitar mi esencia, por mucho que malditas teorías disfrazadas de humanas me digan que no hay nada real, sublime, incontenible en mí, que todo es una construcción social.
Y como respuesta a ellas a través de la ventana me deslumbra un relámpago que acaba de destrozar El Corte Inglés; se excita mi corazón ante este sueño materializado.
Sí, hay naturaleza viva dentro de mí. Hay tormenta y susurrante arroyo, hay montaña y colibrí, hay rana y mariposa.
Hay algo real, ese punto exacto en que lo orgánico y lo espiritual se funden.
 
Por eso, cada vez que llaman al timbre con una sonrisa grapada unas veces y otras con sus esbirros azules –por qué profanan un color tan puro- les cierro de un portazo a todos los roles, desde la barbie que copia los peinados de las grandes estrellas a la chica rebelde que se rapa ella misma media cabeza, sin darse cuenta de que también está copiando a sus opresores. Yo solo quiero que sea el viento el que me trence el pelo y las flores las que coloreen mi rostro cuando me acuesto en su regazo para escuchar sus historias.
No quiero que nadie decida aquello de lo que tengo que estar en contra. No quiero que nadie encasille mi pensamiento. Que sí, que en mí palpita la contradicción, porque buscar vivir por y para la verdad te lleva en muchas ocasiones por senderos mentirosos, pero siempre se puede regresar y probar con otro camino hasta encontrar el que es.

Pero no, no me digáis que no soy. No pienso bajarme del tren. No pienso dejar de cerrar con portazos a las distracciones e incluso desconectar el timbre para introducirme en un baño de silencio que llegue a dar a luz ríos de agua viva.

Dejadme. Dejadme ser, dejadme ser lo que soy.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Revolución vs. huelga

No pretendo que sean estas palabras más que el fruto del uso de mi libertad, esa sobre la que cada vez echan más tierra. Pero no es tan peligrosa esta como los bloques de cemento de los que un día quise salir. Y no, no me refiero a la cárcel urbana que ensucia la brisa de nuestras entrañas. Estoy hablando de estructuras mentales, filtros que llueven sobre nosotros desde la cuna hasta la fosilización, a través de los cuales vemos la realidad. Y solo cuando quedan los pies inmovilizados, despierta el alma y comienza su lucha por destruirlos.

Mañana, muchos estudiantes abandonarán las aulas y llenarán las calles. Otros estarán en casa durmiendo la resaca. Y yo me pregunto de qué sirve. No, no es una pregunta pesimista, sino una llamada a la acción. ¿Pero a qué acción? A la que yo considero verdaderamente efectiva, y libre.

Libertad es un concepto tan ambiguo. ¿En qué piensa cada uno al hablar de ella? Esta es otra historia.

Volvamos, pues, al tema que nos interesa: la educación. ¿De qué sirve una huelga de educación? Porque al fin y al cabo, cuando los obreros hacen huelga, pueden causar ciertos perjuicios al patrón. ¿Pero a quién perjudican los estudiantes deteniendo las clases? ¿En serio alguien cree que a los políticos (me da igual de derechas que de izquierdas) les importa algo nuestra opinión, aunque la gritemos en masa por las calles? Y ya si tenemos en cuenta que para hacer una manifestación hay que pedir permiso... 

Tendemos a ver las cosas fotografiadas en un instante, sin tener en cuenta todo lo que hay antes y después de esa imagen, y grosso modo, pasando por alto minúsculos detalles que son los que en realidad tienen mayor influencia en su resultado final. En otras palabras, confundimos la realidad con las sombras que vemos proyectadas en la pared. Y digo yo, ¿qué más da que el decreto no entre en vigor? Es que aunque se consiguiese cambiar una parte considerable de la legislación, ¿qué va a cambiar realmente?

La realidad es que los gobernantes se ríen, porque las masas van unos cuantos días al año a llenar las plazas con gritos, pero uno o dos días todas las semanas también masas llenan los bares a la par que alimentan el gran negocio del alcohol y, por supuesto, la juventud (no toda, afortunadamente) continúa cayendo en esa espiral de degradación de la que no salen nada más que insultos en una manifestación.

Al mismo tiempo las mismas izquierdas que organizan este tipo de protestas, vomitan su saco de libertades vacías por doquier. En derredor no hay más que garabatos que no simbolizan nada.

Y al final lo que sucede es que nos hemos creído la mentira de que dependemos del Estado para ser educados, cuando no es así. Ya no vivimos en la época en que aún no existía la imprenta y disponemos de todo tipo de obras -científicas, literarias, filosóficas-. Y en cambio, la mayoría de las personas dedica más tiempo a leer sus whatsapp. Hay maravillosos profesores que aman el conocimiento, pero la información más ansiada por los alumnos solo tiene que ver con el examen.

En realidad, en estas protestas no se lucha por el conocimiento, sino por el buche. Porque lo que pretenden Gobierno y oposición (no porque se oponga a él, sino porque opta a él) es convertirnos en unas excelentes piezas: trabajar y callar. Y así se va apagando nuestro espíritu y se degrada aún más la raza humana.

¿Por qué abandonar entonces las aulas? ¿Para qué detener nuestro aprendizaje? La verdadera revolución está en lo inesperado. Y para mí lo inesperado es tratar a un profesor con el máximo respeto y conversar con el simple objetivo de aprender de él, no con el de adquirir unos conocimientos para obtener una buena calificación. Revolución es comenzar por aprenderse uno a sí mismo y también examinarse; buscar un tiempo de soledad cada día para intentar responder preguntas, sin filtros ni esquemas ya dados; beber el conocimiento de forma virgen. Revolución es cuidar nuestros cuerpos, ya que el sistema trata de destruirlos, y madrugar un sábado por la mañana para respirar nuevos bosques, porque con la mirada limpia, el mismo lugar es distinto cada día.

De nuevo te invito a pensar: ¿qué consideras que es libertad?


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Hacia el 2015. Repaso de los inviernos anteriores

Cuando el frío no traspasa mi ventana, cuando no me abraza más el desamparo, cuando la perla de mi jardín ha brotado irremediablemente, miro entonces hacia atrás para recordar la niebla de la que he salido, los barrotes que han sido quebrados. No ha sido gracias a mí, que solo tenía fuerzas para palpar los despojos de mi ser, ya seco el manantial, pues como dijo el poeta, ni las lágrimas pueden consolarnos.
¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días,
No consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh! los que no sabéis las agonías
De un corazón que penas a millares
¡Ah! desgarraron y que ya no llora,
¡Piedad tened de mi tormento ahora!
Canto II – El diablo mundo.
José de Espronceda

Ahora es mi invierno dulce reposo, lumbre en la que se calienta la esperanza, promesa de nuevos colores. Ahora puedo mirar atrás con lágrimas de agradecimiento, ahora veo el fruto de la ternura en mí depositada, ternura que no veía cuando estaba postrada, esperando solo a los gusanos, cansado el anhelo de chocar contra la tapa de madera.


Aquí ya no hay silencio, melodía, ni siquiera ruido. La blanca neblina se ha instalado también en mis oídos.
Vivo (¿vivo?) envuelta en un halo artificial que me aísla incluso de estas palabras, que se van perdiendo, que se van...
 La noche perdida

Y malgasto mis días,
sin vivir
y sin muerte.
Y malgasto mis años
sin fabricar la suerte.
Y se convierte
en gris el verde,
mas no un gris hermoso,
no una niebla
de una mañana de noviembre.
No.
Es el gris
de un mal dormir
sin sueños,
(...)
Si esta marea negra
se me pega a la piel
y mi corazón rezuma veneno
que sube a mi mente y ya no puedo ver.
Intento salir del asfalto
 
Mi cárcel, mi cárcel,
confortables paredes
que pateo y no salgo.
No lloro, no canto.